domingo, 12 de agosto de 2012

Sobre los toros

Frente a tantos argumentos de fogueo a favor y en contra de las corridas de toros que, como poco, dan vergüenza ajena, Sánchez Ferlosio venía a dar en el clavo en un artículo publicado en El País del 5 de agosto titulado  Patrimonio de la humanidad [1] al terminar diciendo: “Mi ferviente deseo de que los toros desaparezcan de una vez no es por compasión de los animales, sino por vergüenza de los hombres”.

Impermeable a esa idea, Vargas Llosa se descolgaba días después en el mismo diario con otro artículo (La “barbarie” taurina[2], 12 de agosto) en el que vuelve a exhumar los conocidos tópicos de la cultura y el arte, del amor al toro y, en su caso, arrimando el ascua a la sardina propia, del talante liberal que adorna a los aficionados frente al totalitarismo progre de los contrarios a la fiesta.  

Sobre la relación entre liberalismo y tauromaquia ya escribio Giménez Caballero en los años 30 en la revista de las JONS La Conquista del Estado, y dejo el comentario para mejor ocasión. En cuanto a la legitimación de las corridas por ser un motivo de inspiración pictórica, por ejemplo, para Goya o Picasso, no lo han sido menos las batallas, los fusilamientos o los bombardeos, sin que tenga yo muy claro el carácter cultural de tales eventos.  Cabe hablar, eso sí, de la fiesta de los toros como manifestación artística en sí misma, aunque quizás del modo en el que lo hacía Thomas de Quincey al hablar de alguna otra práctica igualmente extendida[3].   

En el artículo de Vargas Llosa de nuevo se pone el foco en el animal y en el ritual de la lidia, sin querer ver que el problema no está en el sufrimiento o no del toro, sino en hasta qué punto nos envilece como personas lo que con él se perpetra en las corridas y en tantas fiestas patrias. No dudo de que los aficionados “amen profundamente a los toros bravos”, como dice Vargas Llosa; hay amores que matan, y nunca mejor dicho. Yo, por mi parte, soy incapaz de amar a un toro y tampoco me quita el sueño su posible desaparición como especie, pero estimo lo suficiente a los seres humanos en su dignidad como para no querer ver cómo la pierden participando en este tipo de espectáculos como ejecutores o corifeos.



[3] De Quincey, T ( 2006) Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Alianza Editorial. Madris 

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