Frente a tantos argumentos de fogueo a
favor y en contra de las corridas de toros que, como poco, dan vergüenza ajena,
Sánchez Ferlosio venía a dar en el clavo en un artículo publicado en El País
del 5 de agosto titulado Patrimonio de la humanidad [1]
al terminar diciendo: “Mi ferviente deseo de que los toros desaparezcan de una
vez no es por compasión de los animales, sino por vergüenza de los hombres”.
Impermeable a esa idea, Vargas Llosa se
descolgaba días después en el mismo diario con otro artículo (La
“barbarie” taurina[2],
12 de agosto) en el que vuelve a exhumar los conocidos tópicos de la cultura y
el arte, del amor al toro y, en su caso, arrimando el ascua a la sardina
propia, del talante liberal que adorna a los aficionados frente al
totalitarismo progre de los contrarios a la fiesta.
Sobre la relación entre liberalismo y
tauromaquia ya escribio Giménez Caballero en los años 30 en la revista de las
JONS La Conquista del Estado,
y dejo el comentario para mejor ocasión. En cuanto a la legitimación
de las corridas por ser un motivo de inspiración pictórica, por ejemplo,
para Goya o Picasso, no lo han sido menos las batallas, los fusilamientos
o los bombardeos, sin que tenga yo muy claro el carácter cultural de tales
eventos. Cabe hablar, eso sí, de la fiesta de los toros como
manifestación artística en sí misma, aunque quizás del modo en el que lo hacía
Thomas de Quincey al hablar de alguna otra práctica igualmente extendida[3].
En el artículo de Vargas Llosa de nuevo se
pone el foco en el animal y en el ritual de la lidia, sin querer ver que el
problema no está en el sufrimiento o no del toro, sino en hasta qué punto nos
envilece como personas lo que con él se perpetra en las corridas y en tantas
fiestas patrias. No dudo de que los aficionados “amen profundamente a los toros
bravos”, como dice Vargas Llosa; hay amores que matan, y nunca mejor dicho. Yo,
por mi parte, soy incapaz de amar a un toro y tampoco me quita el sueño su
posible desaparición como especie, pero estimo lo suficiente a los seres
humanos en su dignidad como para no querer ver cómo la pierden participando en
este tipo de espectáculos como ejecutores o corifeos.
[3] De Quincey,
T ( 2006) Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Alianza
Editorial. Madris
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