lunes, 13 de agosto de 2012

Sobre la Alianza de Civilizaciones y sus enemigos

Viene ocurriendo desde hace años: ante cada nuevo embate del yihadismo y del terrorismo  islámico hay quien aprovecha para denostar la idea de "alianza de civilizaciones", no sólo motejándola  de ocurrencia "zapaterista”, "tontiprogre" o "buenista", sino incluso atribuyéndole buena parte de la responsabilidad de esa revitalización del fundamentalismo, suní para más señas.

He comprobado reiteradas veces lo difícil que es argumentar contra ese lugar común, pero, desde mi punto de vista, la consecuencia a extraer debería ser exactamente la contraria.     

Empecemos por señalar que el concepto de Alianza de Civilizaciones (AC), que ciertamente fue presentado por Zapatero en la 59ª Asamblea General de la ONU  en 2004, se aprobó  con el apoyo de casi un centenar de países. En su momento dulce, hasta el gobierno Bush lo asumió (más o menos) de boquilla. Luego,  con Obama, EEUU se integró en el núcleo duro o Grupo de Amigos de la AC.

La Alianza de Civilizaciones es una puesta al día de un concepto anterior, el Diálogo de Civilizaciones, patrocinado en 2001 por el entonces presidente de Irán, el “moderado” Jatamí, concepto que también fue en su momento adoptado como propuesta por las Naciones Unidas. Aunque en ambos casos hay una clara oposición a la idea de Huntington del “choque de civilizaciones”, Jatamí no se mostró inicialmente muy partidario de la AC, considerando que su propuesta de “diálogo” era más consistente que la de la “alianza” (que en todo caso sería una consecuencia del primero). Al final, acabó asumiendo la nueva etapa integrándose en su grupo de alto nivel.

No hay ninguna garantía de que la AC suponga una solución al problema del terrorismo y el fundamentalismo islámicos. De hecho, levanta muchos recelos no sólo en el ámbito conservador, sino también en el progresista y en ámbitos intelectuales de Oriente Medio. Para estos últimos, en el fondo, contiene un pecado original eurocentrista similar al del propio Choque de Civilizaciones o al del “orientalismo” analizado por Said[1], y en realidad niega el multiculturalismo convivencial existente en países como Líbano y sirve de excusa al apartheid religioso y cultural.

Pero lo que sí sabemos es a dónde hemos llegado con la estrategia inversa: por miedo a la penetración comunista, durante años se ha apoyado a determinado integrismo islámico que ahora se ha convertido en nuestra principal amenaza. Cuando Al Qaeda comete la masacre del 11S EEUU responde atacando a Sadam, que nada tenía nada que ver con el terrorismo islámico y al que anteriormente se había apoyado en su guerra con Irán. Luego se ha ido a por Gadafi, y después a por Al-Asad. Gente poco estimable, sin duda. Dictadores terroríficos. Pero un cortafuegos contra el islamismo radical. Pensemos en Nasser o en el baasismo, idelogía de fondo nacional-socialista creada por un cristiano para anteponer la nación a las tribus o a las religiones. La visión cortoplacista del enemigo de mi enemigo es mi amigo nos lleva a la actual situación, en la cual la inestabilidad es máxima, el baasismo iraquí parece aliarse con el yihadismo en un pacto ideológicamente contra natura (si es que la ideología tuviera estas alturas alguna importancia), y resulta que Irán puede acabar de aliada con EEUU, Hezbolà e incluso el baasismo sirio, cerrándose así el círculo en un doble looping.

El Corán, como la Biblia, admite muchas interpretaciones. Los que consideran que el Islam nunca podrá ser compatible con la democracia, con la libertad de conciencia o con la igualdad de género basándose en lo que dicen las suras , no deben de haber leído el Levítico, o a Pablo de tarso. Si una religión en origen teocrática y totalitaria, empeñada en convertir a todos a su fe o eliminar a los que no se dejan, como históricamente lo ha sido el cristianismo, ha podido adaptarse, no hay ninguna razón para que no pueda hacerlo el islam, aunque el camino no sea sencillo.

Apoyar en los países musulmanes (no sólo árabes) a aquellas fuerzas y grupos, moderados o laicistas, que pueden contribuir a la democratización y al desarrollo de la sociedad civil, por nuestro propio bien, es lo que significa para Europa la Alianza de Civilizaciones. No se trata de ser melifluo, blando o tolerante con el islamismo radical, sino de combatirlo más eficazmente. Por eso creo que estar en contra de la Alianza de Civilizaciones, y mucho más considerarla la causa de nuestros problemas, es de una inconsciencia suicida.   


[1] Said, E.W. Orientalismo (2013). Ed. Delbolsillo. Barcelona 

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