Viene ocurriendo desde
hace años: ante cada nuevo embate del yihadismo y del
terrorismo islámico hay quien aprovecha para denostar la idea de
"alianza de civilizaciones", no sólo motejándola de ocurrencia
"zapaterista”, "tontiprogre" o "buenista", sino incluso
atribuyéndole buena parte de la responsabilidad de esa revitalización del
fundamentalismo, suní para más señas.
He
comprobado reiteradas veces lo difícil que es argumentar contra ese lugar
común, pero, desde mi punto de vista, la consecuencia a extraer debería ser
exactamente la contraria.
Empecemos por señalar que el concepto de Alianza de
Civilizaciones (AC), que ciertamente fue presentado por Zapatero en la 59ª
Asamblea General de la ONU en 2004, se aprobó con el apoyo de casi un centenar de países. En
su momento dulce, hasta el gobierno Bush lo asumió (más o menos) de boquilla.
Luego, con Obama, EEUU se integró en el
núcleo duro o Grupo de Amigos de la AC.
La Alianza de Civilizaciones es una puesta al día de
un concepto anterior, el Diálogo de Civilizaciones, patrocinado en 2001 por el
entonces presidente de Irán, el “moderado” Jatamí, concepto que también fue en
su momento adoptado como propuesta
por las Naciones Unidas. Aunque en ambos casos hay una clara oposición a la
idea de Huntington del “choque de civilizaciones”, Jatamí no se mostró
inicialmente muy partidario de la AC, considerando que su propuesta de
“diálogo” era más consistente que la de la “alianza” (que en todo caso sería
una consecuencia del primero). Al final, acabó asumiendo la nueva etapa
integrándose en su grupo de alto nivel.
No hay ninguna garantía
de que la AC suponga una solución al problema del terrorismo y el
fundamentalismo islámicos. De hecho, levanta muchos recelos no sólo en el ámbito
conservador, sino también en el progresista y en ámbitos intelectuales de
Oriente Medio. Para estos últimos, en el fondo, contiene un pecado original
eurocentrista similar al del propio Choque de Civilizaciones o al del
“orientalismo” analizado por Said[1], y en realidad
niega el multiculturalismo convivencial existente en países como Líbano y sirve
de excusa al apartheid religioso y cultural.
Pero lo que sí sabemos es
a dónde hemos llegado con la estrategia inversa: por miedo a la penetración
comunista, durante años se ha apoyado a determinado integrismo islámico que
ahora se ha convertido en nuestra principal amenaza. Cuando Al Qaeda comete la
masacre del 11S EEUU responde atacando a Sadam, que nada tenía nada que ver con
el terrorismo islámico y al que anteriormente se había apoyado en su guerra con
Irán. Luego se ha ido a por Gadafi, y después a por Al-Asad. Gente poco
estimable, sin duda. Dictadores terroríficos. Pero un cortafuegos contra el
islamismo radical. Pensemos en Nasser o en el baasismo, idelogía de fondo
nacional-socialista creada por un cristiano para anteponer la nación a las
tribus o a las religiones. La visión cortoplacista del enemigo de mi enemigo es
mi amigo nos lleva a la actual situación, en la cual la inestabilidad es máxima,
el baasismo iraquí parece aliarse con el yihadismo en un pacto ideológicamente contra
natura (si es que la ideología tuviera estas alturas alguna importancia), y
resulta que Irán puede acabar de aliada con EEUU, Hezbolà e incluso el baasismo
sirio, cerrándose así el círculo en un doble looping.
El Corán, como la Biblia,
admite muchas interpretaciones. Los que consideran que el Islam nunca podrá ser
compatible con la democracia, con la libertad de conciencia o con la igualdad
de género basándose en lo que dicen las suras , no deben de haber
leído el Levítico, o a Pablo de tarso. Si una religión en origen teocrática y
totalitaria, empeñada en convertir a todos a su fe o eliminar a los que no se
dejan, como históricamente lo ha sido el cristianismo, ha podido adaptarse, no
hay ninguna razón para que no pueda hacerlo el islam, aunque el camino no sea
sencillo.
Apoyar en los países
musulmanes (no sólo árabes) a aquellas fuerzas y grupos, moderados o laicistas,
que pueden contribuir a la democratización y al desarrollo de la sociedad
civil, por nuestro propio bien, es lo que significa para Europa la Alianza
de Civilizaciones. No se trata de ser melifluo, blando o tolerante con el
islamismo radical, sino de combatirlo más eficazmente. Por eso creo que estar
en contra de la Alianza de Civilizaciones, y mucho más considerarla la causa de
nuestros problemas, es de una inconsciencia suicida.
[1] Said, E.W.
Orientalismo (2013). Ed. Delbolsillo. Barcelona
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