sábado, 18 de agosto de 2012

Sobre Belén Esteban (agosto de 2011)

Una tribuna  publicada por el filósofo Manuel Cruz en El País el 10 de agosto de 2011[1] resume muy bien en su título, “El triunfo del resentimiento”, el significado psicosocial del fenómeno Belén Esteban, aunque luego no lo  desarrolle en el texto.

En el ámbito de la cultura de masas, los personajes/iconos como Belén Esteban son interesantes  no tanto por lo que hacen, tienen o dicen, que no suele contar con valor en sí mismo, sino por lo que representan a través de lo que hacen, tienen o dicen. Y esa dimensión simbólica, que tan bien conecta con determinado público, remite precisamente,  en el caso que nos ocupa, a la “cultura del resentimiento”.
 
En mi opinión, no se trata tanto de indagar sobre el sentimentalismo "populista o fascistoide" (sic) de estas  estrellas televisivas, tal y como plantea Cruz  en su artículo o como propuso también Josep Ramoneda casi un año antes [2]. Se trata más bien de vislumbrar,  a su través, el profundo sentimiento de  desgarro, de pérdida, de  malestar y  de rabia presente hoy en nuestra sociedad. Cuando el máximo responsable de TELE 5 (Paolo Vasile) presenta a  Belén Esteban como “un antecedente del 15 M”,  la afirmación primero mueve a la risa, pero, como decía aquella sección de La Codorniz con cuentos de Pitigrilli, hay que temblar después de haber reído.
 
Es sabido que el tratamiento de los famosos en los medios de comunicación ha ido evolucionando con el tiempo. El  modelo “hagiográfico”, en el que la aristocracia y los artistas eran dioses en su Olimpo, con sus flaquezas y errores pero al fin y al cabo superiores e idealizados, propio del Hola y de revistas similares, ha ido cediendo terreno ante el  modelo  “denigratorio”, en el que los receptores del mensaje buscan el placer y la gratificación a través de la humillación pública del famoso.

Ese nuevo modelo, que cumple una función catártica y valvular para los espectadores, se inscribe muy bien en un entorno general de malestar, resentimiento e indignación como el actual. Pero además, ha permitido la emergencia de un nuevo tipo de famosos caracterizados por su cotidianeidad. Por ser “hombres y mujeres de la calle”, muchas veces familiares de famosos o relacionados con ellos por razones de vecindad, de trabajo, de ocio, de conocimiento bíblico, eso sí. Famosos con los que los espectadores pueden, por un lado, identificarse, y por otro lado proyectar en ellos todo lo que les avergüenza y horroriza de sí mismos.

 Quienes han entendido bien el fenómeno, cadenas y editores, rentabilizan hasta las heces a este hatajo de nuevos personajes en sus productos  basura, sensacionalistas y faltones, a despecho de valores constitucionales, legislaciones audiovisuales o códigos de autorregulación.       
 





lunes, 13 de agosto de 2012

Sobre la Alianza de Civilizaciones y sus enemigos

Viene ocurriendo desde hace años: ante cada nuevo embate del yihadismo y del terrorismo  islámico hay quien aprovecha para denostar la idea de "alianza de civilizaciones", no sólo motejándola  de ocurrencia "zapaterista”, "tontiprogre" o "buenista", sino incluso atribuyéndole buena parte de la responsabilidad de esa revitalización del fundamentalismo, suní para más señas.

He comprobado reiteradas veces lo difícil que es argumentar contra ese lugar común, pero, desde mi punto de vista, la consecuencia a extraer debería ser exactamente la contraria.     

Empecemos por señalar que el concepto de Alianza de Civilizaciones (AC), que ciertamente fue presentado por Zapatero en la 59ª Asamblea General de la ONU  en 2004, se aprobó  con el apoyo de casi un centenar de países. En su momento dulce, hasta el gobierno Bush lo asumió (más o menos) de boquilla. Luego,  con Obama, EEUU se integró en el núcleo duro o Grupo de Amigos de la AC.

La Alianza de Civilizaciones es una puesta al día de un concepto anterior, el Diálogo de Civilizaciones, patrocinado en 2001 por el entonces presidente de Irán, el “moderado” Jatamí, concepto que también fue en su momento adoptado como propuesta por las Naciones Unidas. Aunque en ambos casos hay una clara oposición a la idea de Huntington del “choque de civilizaciones”, Jatamí no se mostró inicialmente muy partidario de la AC, considerando que su propuesta de “diálogo” era más consistente que la de la “alianza” (que en todo caso sería una consecuencia del primero). Al final, acabó asumiendo la nueva etapa integrándose en su grupo de alto nivel.

No hay ninguna garantía de que la AC suponga una solución al problema del terrorismo y el fundamentalismo islámicos. De hecho, levanta muchos recelos no sólo en el ámbito conservador, sino también en el progresista y en ámbitos intelectuales de Oriente Medio. Para estos últimos, en el fondo, contiene un pecado original eurocentrista similar al del propio Choque de Civilizaciones o al del “orientalismo” analizado por Said[1], y en realidad niega el multiculturalismo convivencial existente en países como Líbano y sirve de excusa al apartheid religioso y cultural.

Pero lo que sí sabemos es a dónde hemos llegado con la estrategia inversa: por miedo a la penetración comunista, durante años se ha apoyado a determinado integrismo islámico que ahora se ha convertido en nuestra principal amenaza. Cuando Al Qaeda comete la masacre del 11S EEUU responde atacando a Sadam, que nada tenía nada que ver con el terrorismo islámico y al que anteriormente se había apoyado en su guerra con Irán. Luego se ha ido a por Gadafi, y después a por Al-Asad. Gente poco estimable, sin duda. Dictadores terroríficos. Pero un cortafuegos contra el islamismo radical. Pensemos en Nasser o en el baasismo, idelogía de fondo nacional-socialista creada por un cristiano para anteponer la nación a las tribus o a las religiones. La visión cortoplacista del enemigo de mi enemigo es mi amigo nos lleva a la actual situación, en la cual la inestabilidad es máxima, el baasismo iraquí parece aliarse con el yihadismo en un pacto ideológicamente contra natura (si es que la ideología tuviera estas alturas alguna importancia), y resulta que Irán puede acabar de aliada con EEUU, Hezbolà e incluso el baasismo sirio, cerrándose así el círculo en un doble looping.

El Corán, como la Biblia, admite muchas interpretaciones. Los que consideran que el Islam nunca podrá ser compatible con la democracia, con la libertad de conciencia o con la igualdad de género basándose en lo que dicen las suras , no deben de haber leído el Levítico, o a Pablo de tarso. Si una religión en origen teocrática y totalitaria, empeñada en convertir a todos a su fe o eliminar a los que no se dejan, como históricamente lo ha sido el cristianismo, ha podido adaptarse, no hay ninguna razón para que no pueda hacerlo el islam, aunque el camino no sea sencillo.

Apoyar en los países musulmanes (no sólo árabes) a aquellas fuerzas y grupos, moderados o laicistas, que pueden contribuir a la democratización y al desarrollo de la sociedad civil, por nuestro propio bien, es lo que significa para Europa la Alianza de Civilizaciones. No se trata de ser melifluo, blando o tolerante con el islamismo radical, sino de combatirlo más eficazmente. Por eso creo que estar en contra de la Alianza de Civilizaciones, y mucho más considerarla la causa de nuestros problemas, es de una inconsciencia suicida.   


[1] Said, E.W. Orientalismo (2013). Ed. Delbolsillo. Barcelona 

domingo, 12 de agosto de 2012

Sobre los toros

Frente a tantos argumentos de fogueo a favor y en contra de las corridas de toros que, como poco, dan vergüenza ajena, Sánchez Ferlosio venía a dar en el clavo en un artículo publicado en El País del 5 de agosto titulado  Patrimonio de la humanidad [1] al terminar diciendo: “Mi ferviente deseo de que los toros desaparezcan de una vez no es por compasión de los animales, sino por vergüenza de los hombres”.

Impermeable a esa idea, Vargas Llosa se descolgaba días después en el mismo diario con otro artículo (La “barbarie” taurina[2], 12 de agosto) en el que vuelve a exhumar los conocidos tópicos de la cultura y el arte, del amor al toro y, en su caso, arrimando el ascua a la sardina propia, del talante liberal que adorna a los aficionados frente al totalitarismo progre de los contrarios a la fiesta.  

Sobre la relación entre liberalismo y tauromaquia ya escribio Giménez Caballero en los años 30 en la revista de las JONS La Conquista del Estado, y dejo el comentario para mejor ocasión. En cuanto a la legitimación de las corridas por ser un motivo de inspiración pictórica, por ejemplo, para Goya o Picasso, no lo han sido menos las batallas, los fusilamientos o los bombardeos, sin que tenga yo muy claro el carácter cultural de tales eventos.  Cabe hablar, eso sí, de la fiesta de los toros como manifestación artística en sí misma, aunque quizás del modo en el que lo hacía Thomas de Quincey al hablar de alguna otra práctica igualmente extendida[3].   

En el artículo de Vargas Llosa de nuevo se pone el foco en el animal y en el ritual de la lidia, sin querer ver que el problema no está en el sufrimiento o no del toro, sino en hasta qué punto nos envilece como personas lo que con él se perpetra en las corridas y en tantas fiestas patrias. No dudo de que los aficionados “amen profundamente a los toros bravos”, como dice Vargas Llosa; hay amores que matan, y nunca mejor dicho. Yo, por mi parte, soy incapaz de amar a un toro y tampoco me quita el sueño su posible desaparición como especie, pero estimo lo suficiente a los seres humanos en su dignidad como para no querer ver cómo la pierden participando en este tipo de espectáculos como ejecutores o corifeos.



[3] De Quincey, T ( 2006) Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Alianza Editorial. Madris