Una tribuna publicada por el filósofo Manuel Cruz en El País el 10 de agosto de 2011[1] resume muy bien en su título, “El triunfo del resentimiento”, el significado psicosocial del fenómeno Belén Esteban, aunque luego no lo desarrolle en el texto.
En el ámbito de la cultura de masas, los personajes/iconos como Belén Esteban son interesantes no tanto por lo que hacen, tienen o dicen, que no suele contar con valor en sí mismo, sino por lo que representan a través de lo que hacen, tienen o dicen. Y esa dimensión simbólica, que tan bien conecta con determinado público, remite precisamente, en el caso que nos ocupa, a la “cultura del resentimiento”.
En mi opinión, no se trata tanto de indagar sobre el sentimentalismo "populista o fascistoide" (sic) de estas estrellas televisivas, tal y como plantea Cruz en su artículo o como propuso también Josep Ramoneda casi un año antes [2]. Se trata más bien de vislumbrar, a su través, el profundo sentimiento de desgarro, de pérdida, de malestar y de rabia presente hoy en nuestra sociedad. Cuando el máximo responsable de TELE 5 (Paolo Vasile) presenta a Belén Esteban como “un antecedente del 15 M”, la afirmación primero mueve a la risa, pero, como decía aquella sección de La Codorniz con cuentos de Pitigrilli, hay que temblar después de haber reído.
Es sabido que el tratamiento de los famosos en los medios de comunicación ha ido evolucionando con el tiempo. El modelo “hagiográfico”, en el que la aristocracia y los artistas eran dioses en su Olimpo, con sus flaquezas y errores pero al fin y al cabo superiores e idealizados, propio del Hola y de revistas similares, ha ido cediendo terreno ante el modelo “denigratorio”, en el que los receptores del mensaje buscan el placer y la gratificación a través de la humillación pública del famoso.
Ese nuevo modelo, que cumple una función catártica y valvular para los espectadores, se inscribe muy bien en un entorno general de malestar, resentimiento e indignación como el actual. Pero además, ha permitido la emergencia de un nuevo tipo de famosos caracterizados por su cotidianeidad. Por ser “hombres y mujeres de la calle”, muchas veces familiares de famosos o relacionados con ellos por razones de vecindad, de trabajo, de ocio, de conocimiento bíblico, eso sí. Famosos con los que los espectadores pueden, por un lado, identificarse, y por otro lado proyectar en ellos todo lo que les avergüenza y horroriza de sí mismos.
Quienes han entendido bien el fenómeno, cadenas y editores, rentabilizan hasta las heces a este hatajo de nuevos personajes en sus productos basura, sensacionalistas y faltones, a despecho de valores constitucionales, legislaciones audiovisuales o códigos de autorregulación.
[2] http://www.elpais.com/articulo/opinion/construccion/cultural/fascismo/elpepiopi/20101117elpepiopi_12/Tes