En torno a la polémica sobre sexismo y lenguaje
Los árboles y el Bosque
A mí, de toda la polémica provocada por el informe de Ignacio Bosque –casi tan famoso ya como el otro (Del) Bosque, actor publicitario y en sus ratos libres entrenados de fútbol- me parece que lo más significativo ha sido lo que podríamos denominar su valor de “efecto bengala”. Podría referirme igualmente a su valor como detector o identificador de caspa, pero “efecto bengala” es un término de más alcance conceptual. El “efecto bengala” es propio de determinadas declaraciones que, más allá de su mayor o menor fortuna, de su mayor o menor rigor, tienen la virtud de iluminar el entorno de forma tan breve como intensa, haciendo salir a la luz actitudes que permanecían en la sombra, tras la costra del silencio o de lo políticamente correcto.
Si nos atenemos al meollo aparente del asunto, el tema no da para mucho. En español tenemos muchos ejemplos del uso habitual de la doble denominación según género (escritor y escritora, arquitecto y arquitecta, monje y monja), bastante comunes también en el ámbito de la representación política e institucional (rey y reina, príncipe y princesa, infante e infanta, presidente y presidenta, diputado y diputada, director y directora, ministro y ministra, alcalde y alcaldesa, etc.). Las denominaciones que acaban en “a” (como periodista, pediatra, pianista) no suelen masculinizarse o feminizarse, pero ahí están modisto, poetisa o enfermero (una vez escuché a un profesional masculino denominarse a sí mismo como “enfermera”, con gran pasmo de los que le escuchaban, incluidas mujeres). En otros casos, por razones tanto lingüísticas como de tradición, no existe la duplicación (edil /edila, sargento/sargenta, representante/representanta, e incluso miembro /miembra), o se usa con significados equívocos y burlescos.
De todos modos, algo que da idea del relativismo de estas costumbres nominales es lo polémico que resultó en su momento hablar de “psicólogas”, “juezas”, “médicas” o “concejalas”, términos hoy perfectamente normalizados en el habla popular aunque a muchos les sigan chirriando. Lo mismo puede decirse de la conveniencia o no (aún reconociendo el fundamento lingüístico de la doble denominación) de mantener la norma del genérico masculino cuando se habla de hombres y mujeres. En inglés uno tiene “brothers and sisters”, y ejemplo paradigmático es la conocida introducción de la declaración del Gobierno Provisional de la República de Irlanda: “Irishmen and Irishwomen: In the name of God and of the dead generations…”. Clásico en España era dirige a un público de ambos sexos con la expresión “señoras y señores”. “Bonjour, monsieur dammes”, dicen los franceses…..
Por todo lo anterior, lo lógico hubiera sido que el informe de Bosque, a pesar de su cercanía al 8 de marzo, hubiera generado una polémica de bajo perfil, en la que los contrarios a tal distingo apelaran a razones como la corrección gramatical, la economía lingüística o la tradición. Sin excesiva vehemencia en su papel de cancerberos de la pureza mancillada del idioma, a la vista de lo mudable del asunto. Y sin embargo, las invectivas contra las “feministas” al socaire del informe han sido tan insultantes, tan desmedidas, tan chulescas, tan personales, que uno acaba dándose cuenta de que en el fondo dicho informe han sido un fogonazo que ha alumbrado transitoriamente (de ahí el “efecto bengala”) todo ese mundo oscuro del machismo no reconocido, que aquí ha encontrado la oportunidad –la coartada- de soltar bilis haciendo como que se indigna por razones lingüísticas. Los ejemplos de quienes se han retratado son innumerables, pero lo más curioso para mí no han sido las reacciones esperadas de los opinadores de la derecha mediática, o de los Pérez Reverte (¡Machos, no más!) de turno, sino el resorte que ha hecho saltar a muchos y muchas que se consideran cosmopolitas, progresistas, intelectuales, con argumentos de un naturalismo lingüístico (“el lenguaje lo hace el pueblo y no las élites”, etc) tan primario y trasnochado desde el punto de vista científico que parecería ingenuo si no evidenciara lo que evidencia.
Por todo lo anterior, lo lógico hubiera sido que el informe de Bosque, a pesar de su cercanía al 8 de marzo, hubiera generado una polémica de bajo perfil, en la que los contrarios a tal distingo apelaran a razones como la corrección gramatical, la economía lingüística o la tradición. Sin excesiva vehemencia en su papel de cancerberos de la pureza mancillada del idioma, a la vista de lo mudable del asunto. Y sin embargo, las invectivas contra las “feministas” al socaire del informe han sido tan insultantes, tan desmedidas, tan chulescas, tan personales, que uno acaba dándose cuenta de que en el fondo dicho informe han sido un fogonazo que ha alumbrado transitoriamente (de ahí el “efecto bengala”) todo ese mundo oscuro del machismo no reconocido, que aquí ha encontrado la oportunidad –la coartada- de soltar bilis haciendo como que se indigna por razones lingüísticas. Los ejemplos de quienes se han retratado son innumerables, pero lo más curioso para mí no han sido las reacciones esperadas de los opinadores de la derecha mediática, o de los Pérez Reverte (¡Machos, no más!) de turno, sino el resorte que ha hecho saltar a muchos y muchas que se consideran cosmopolitas, progresistas, intelectuales, con argumentos de un naturalismo lingüístico (“el lenguaje lo hace el pueblo y no las élites”, etc) tan primario y trasnochado desde el punto de vista científico que parecería ingenuo si no evidenciara lo que evidencia.
Muchos de los defensores del informe Bosque advierten del peligro de la “ingeniería social” que “la ideología de género” pretende perpetrar cambiando el lenguaje para cambiar así las conciencias. Citan a Víctor Kemplerer y a Orwel, y anuncian una futura sociedad totalitaria de lo "políticamente correcto" dominada por izquierdistas, feministas y homosexuales (que, como la santísima trinidad, a veces se encarnan en un único espécimen). No se asustaron cuando Esperanza Aguirre (a la que no llaman “la presidente”, sino “la presidenta”) utilizó el término “lideresa”, pero sí cuando Bibiana Aído (a la que no llamaban “la ministro” sino – cuando no la insultaban- “la ministra”) se refirió a las “miembras”. Y no cabe duda de que, a despecho de sus cantos apocalípticos, seguramente tienen razón: hacer visibles a las mujeres en el lenguaje debería generar cambios en la mentalidad social y contribuir a esa mayor visibilidad en la realidad. Ahí estaría el busilis de este asunto.
Por lo demás, sobre el Informe Bosque como tal no hay mucho que decir. Se supone que lo difunde la entidad dedicada a estas cosas, la Real Academia Española (RAE), A Bosque no le gusta que se hable de lengua en vano, sin consultar a los especialistas, aunque luego él cita como fuentes de autoridad a Margarita Salas o a Álvaro García Messeguer, que no eran lingüistas sino ingeniero y científica.. Me parece muy esperanzador, en todo caso, que tantos ciudadanos y ciudadanas de ideología conservadora hayan defendido con fruición el informe Bosque. Eso significa que comulgan con afirmaciones incluidas en dicho informe como las siguientes:
· Existe la discriminación hacia la mujer en nuestra sociedad. Son alarmantes, las cifras anuales de violencia "doméstica" (imagino que Bosque se refiere en concreto a la violencia machista), y se siguen registrando situaciones de acoso sexual no siempre atendidas debidamente por las autoridades competentes.
· Existen todavía diferencias salariales entre hombres y mujeres. Se atestiguan también diferencias en el trato personal en el trabajo, que a veces se extienden al grado de capacitación profesional exigible en la práctica, así como a las condiciones requeridas para acceder a puestos de responsabilidad.
· Además de en el mundo laboral, existe desigualdad entre hombres y mujeres en la distribución de las tareas domésticas.
· Es también real el sexismo en la publicidad, en la que la mujer es considerada a menudo un objeto sexual.
· Son igualmente verdaderas las actitudes paternalistas que algunos hombres muestran hacia las mujeres, sea dentro o fuera del trabajo, y son asimismo objetivos otros muchos signos sociales de desigualdad o de discriminación que las mujeres han denunciado repetidamente en los últimos años.
· Existen comportamientos verbales sexistas.
· Es necesario extender la igualdad social de hombres y mujeres, y lograr que la presencia de la mujer en la sociedad sea más visible.
· Hay sexismo en la frase "Los directivos acudirán a la cena con sus mujeres". También cuando se pregunta a una mujer si es señora o señorita. Son sexistas frases como "En el turismo accidentado viajaban dos noruegos con sus mujeres" o "Los ingleses prefieren el té al café, como prefieren las mujeres rubias a las morenas"
¡¡Cuánto hemos avanzado!!
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